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     @Chio Burciaga desde la redacción de AHEmpresarial


    La Revolución Industrial ocurrió en los Estados Unidos hasta el siglo pasado. A medida que las empresas industriales crecieron en número y en tamaño se hizo evidente la necesidad de un modelo conceptual. No debemos asombrarnos si el que surgió fue el correspondiente al concepto del mundo que prevalecía por aquel entonces. Newton vio al mundo como una máquina creada por Dios para realizar su trabajo; la función del ser humano, como parte de esa máquina, fue la de servir la voluntad de Dios.


    Por eso las empresas industriales fueron consideradas como máquinas creadas por sus "dioses", los propietarios, para servir la finalidad que los impulsó a crearlas: la de obtener utilidades. Se pensaba que la empresa no tenía ninguna finalidad propia, aparte de la de servir a su propietario. Dentro de la empresa el propietario era virtualmente un dios con poder prácticamente ilimitado, no sujeto a ninguna restricción impuesta desde el exterior. La empresa ideal, como la máquina ideal, era aquella que podía operar en forma independiente de su entorno.

    Los trabajadores eran considerados y tratados como partes reemplazables de una máquina. Esto era posible porque:

    1) los trabajadores no tenían otra fuente de ingresos que su empleo 
    2) su nivel de instrucción era modesto y sus aspiraciones limitadas, 
    3) prácticamente no se requería especialización y
    4) los reemplazos eran numerosos.

    Después de la Primera Guerra Mundial el desarrollo social y económico hizo necesario un cambio en el concepto de la empresa. Si las empresas querían aprovechar las oportunidades de crecimiento que se les presentaban, necesitaban aportes financieros externos. Los propietarios tuvieron que elegir entre retener el control absoluto y restringir el crecimiento, o compartir la propiedad para obtener los recursos necesarios para crecer lo más rápido posible.

    Muchos eligieron la segunda alternativa y las empresas se convirtieron en sociedades anónimas. "Dios" desapareció, se diluyó y se transformó en un espíritu abstracto. Tal como ocurrió cuando el Dios del mundo occidental desapareció veinte siglos atrás, surgió un clero —la gerencia— para servir de intermediario entre los trabajadores y "dios". Los gerentes conocían la voluntad de los propietarios de la misma manera en que los sacerdotes conocían la de Dios: por revelación. Y la transmitían a los trabajadores.

    Mientras tanto el nivel de instrucción de los trabajadores mejoró, así como el nivel de protección por parte de los sindicatos. Apareció el concepto de seguridad social, y se hizo más difícil sustituir un trabajador por otro, debido a la mayor especialización que se requería. No se trató más a los trabajadores como partes reemplazables de una máquina. Estas condiciones apuntaron a que la empresa fuera reconceptualizada como una corporación, nombre este que deriva de corpus, esto es, un organismo. Como todos los organismos las corporaciones tuvieron una finalidad propia predominante: sobrevivir, para lo cual el crecimiento era considerado esencial. Como dijo Peter Drucker, la utilidad pasó a ser para la empresa como el oxígeno para el ser humano: necesaria para su supervivencia, pero no su razón de existir. El gerente general fue la cabeza de la empresa, y los gerentes su cerebro. Los departamentos fueron considerados como órganos del cuerpo y los trabajadores como células. La salud de los empleados y su seguridad fue objeto de preocupación, lo que se reflejó en las leyes laborales y en los contratos colectivos. El entorno era considerado como una fuente de recursos que se autorrenovaba, sin finalidad propia, y que también podía servir como receptor de desechos. La Segunda Guerra Mundial y una nueva generación de trabajadores criados en un ambiente permisivo, instruidos y socialmente protegidos generaron un nuevo cambio.

    La administración pública así como determinados grupos tales como los ecologistas y los defensores de los consumidores comenzaron a demandar de las empresas un comportamiento más responsable. Los trabajadores instruidos,  progresivamente sometidos a la enajenación producida por el estilo de trabajo que les requería comportarse como máquinas, comenzaron a pretender trabajos más desafiantes y satisfactorios, así como oportunidades para su desarrollo personal. Todo esto desembocó en una nueva reconceptualización de las empresas industriales: ahora se veían como sistemas sociales.

    Una empresa considerada como un sistema social es:

    1) parte de un sistema social más grande (la sociedad) que tiene sus finalidades propias y      2) engloba a individuos que también tienen finalidades propias.

    Evidentemente la finalidad de una empresa se está volviendo la de satisfacer las necesidades y deseos de todos sus participantes y no sólo de sus accionistas. La supervivencia y el crecimiento son cada vez más medios para este fin y no fines por ellos mismos. Cuando una empresa incrementa su capacidad y deseo de servir a sus participantes, se desarrolla. El desarrollo es visto cada vez más como la finalidad más apropiada para una empresa. Esta visión de la empresa, sistémico-social y orientada hacia el servicio, es completamente diferente de la visión organística de una entidad servida por un entorno pasivo y por sus participantes. Hoy los empleados, incluyendo a los gerentes, se sienten cada vez más como los que han hecho la mayor inversión en la firma y, por tanto, como sus más importantes participantes. Desde el punto de vista de la sociedad, las empresas son instrumentos para producir y distribuir la riqueza, principalmente por medio del empleo. Por lo tanto, la creación de puestos de trabajo es una de sus más importantes responsabilidades sociales.


    ¿Cuál es el significado de la evolución de la concepción de las empresas industriales? Éste es: una sociedad que ve y trata a las empresas como sistemas sociales y como instrumentos para servir los intereses de sus participantes, las empresas que son dirigidas como si fueran máquinas u organismos no conseguirán ni sobrevivir ni crecer.

    Capsula 5: La reconceptualización de la empresa                                                              Extraído del libro: Capsulas de Ackoff Administración en pequeñas dosis                               RUSSELL L. ACKOFF

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    " En el pasado el hombre era primero; en el futuro el sistema debe ser primero."
    — Frederick Winslow Taylor

    En 2025, el entorno empresarial es implacable; la presión por entregar más rápido que la competencia es altísima o los clientes ya no toleran esperas ni respuestas lentas:


    quieren soluciones inmediatas, también se encuentra la escasez de talento especializado eleva los costos y dificulta el crecimiento de equipos, la automatización y digitalización exponen errores o retrasos en tiempo real.

    Lo que si es cierto al 100% es que la competencia global es feroz: no compites solo con empresas locales, sino con todo el mundo y en este contexto, la eficiencia operativa ya no es un diferenciador.

    Es una cuestión de supervivencia.

     

    ¿Por qué la eficiencia es esencial para sobrevivir en 2025?

    Las empresas enfrentan un mercado que evoluciona a gran velocidad, donde los márgenes de error son cada vez más pequeños. La presión por responder rápido, controlar costos, adaptarse a cambios impredecibles y mantener satisfechos a clientes más exigentes hace que cualquier ineficiencia interna se vuelva insostenible.

    En este entorno, quienes no optimicen sus operaciones no solo perderán participación de mercado: corren el riesgo real de desaparecer.

    • ·       Mercados ultra dinámicos: el que entrega primero, gana.
    • ·       Costos operativos en ascenso: desperdiciar recursos ya no es una opción.
    • ·       Clientes más exigentes: velocidad, calidad y personalización son la norma.
    • ·       Competencia global: cualquier ineficiencia es una ventaja que otro aprovechará.
    • ·       Adaptabilidad o extinción: quien no mejora continuamente, queda obsoleto.

    Una empresa ineficiente no solo gana menos dinero. Corre el riesgo real de desaparecer del mercado.

     

    🚧 ¿Y qué impide esa eficiencia? El cuello de botella.

    El cuello de botella es ese punto donde su proceso se detiene o se ralentiza, limitando la capacidad de todo el sistema. Es un freno silencioso que:

    • ·       Reduce velocidad de entrega.
    • ·       Aumenta costos ocultos.
    • ·       Deteriora la experiencia del cliente.
    • ·       Frustra a su propio equipo de trabajo.

    No importa cuánta tecnología implemente o cuánta gente contrate: Mientras exista un cuello de botella no atendido, su eficiencia estará comprometida.

     

    🔍 ¿Cómo identificar un cuello de botella en su empresa?

    • ·       Áreas donde el trabajo se acumula de manera constante.
    • ·       Estaciones donde el tiempo de ciclo es mucho mayor que en otras partes del proceso.
    • ·       Operaciones que interrumpen o detienen el flujo a su alrededor.
    • ·       Zonas donde las quejas, retrasos y reprocesos son recurrentes.

    Reconocer estos síntomas es el primer paso para recuperar el control de la eficiencia.

     

    💡 ¿Qué puede hacer hoy para combatirlos?

    • ·       Visualice su flujo completo: no observe tareas aisladas; observe cómo cada parte impacta al sistema total.
    • ·       Mida con precisión: sin datos reales, cualquier mejora será basada en intuición, no en evidencia.
    • ·       Priorice el cuello de botella más crítico: enfocar recursos donde más impacto se genera es la clave.
    • ·       Implemente mejora continua: cambios pequeños, sostenidos y estratégicos son más poderosos que grandes cambios ocasionales.

    En 2025, gestionar eficientemente su flujo de trabajo es gestionar la supervivencia de su empresa. 

    Los cuellos de botella no se solucionan solos. Se detectan, se gestionan y se eliminan estratégicamente. Quienes dominan esta habilidad construyen empresas más ágiles, más rentables y más resilientes.

    🧠 Reflexión final

    En un mundo donde el cambio es constante y la velocidad define al ganador, ignorar los cuellos de botella es un lujo que ninguna empresa puede permitirse. Cada ineficiencia no resuelta es una oportunidad que alguien más aprovechará.

    Hoy más que nunca, la excelencia operacional no es un destino, es una disciplina diaria. La pregunta ya no es si debe mejorar su flujo de trabajo, sino qué tan rápido puede empezar.

     

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    Chio Burciaga

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    Somos una consultoría enfocada a proporcionar soluciones holísticas al sector empresarial, a través de realizar procesos innovadores y con gestión del conocimiento en áreas de producción, calidad, ingeniería, capacitación, que logre procesos rentables y con una base "lean"

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